Desde hace alrededor de 6 meses, antes del nacimiento de Ciudad Nativa, Juan Camilo, su director, me ha estado pidiendo una columna de música. Confiando ciega e incansablemente en mi capacidad literaria y criterio, él insistía en que yo, una escritora indisciplinada, diera mi punto de vista semanalmente sobre algún acontecer musical de la ciudad. Me pedía que criticara grupos, artistas cartageneros, tanto positiva como negativamente, que destacara a los merecedores de grandes triunfos y que acentuara prudentemente las oportunidades de mejora de la industria musical en la ciudad.
What else should I be? All apologies.
What else could I say? Everyone is gay.
What else could I write? I don't have the right.
What else should I be? All Apologies.
Nirvana.
Hoy, en mi debut como columnista, aprovecho la ocasión para cumplir con un encargo que al parecer nunca llegaría y no podía empezar de otra forma que realizándole un homenaje a la mejor estrella de rock que esta ciudad haya podido tener.

Augusto Encinales Bossio fue un artista impecable de su género musical, amigo de los habitantes de Cartagena, abogado de corazón, músico por convicción. Tocaba con armonía cuerdas que parecían benditas. Su amor por el rock tomaba impulso desde su corazón a la piel de sus dedos. Ese amor inagotable y una firme convicción por el rock puro y tradicional fue siempre su carta de presentación; aún así siempre estaba abierto a escuchar nuevos artistas y a criticar con fundamento y un discernimiento basto y oportuno distintos proyectos musicales.
El ídolo de Augusto era Jaco Pastorius, bajista de funk y jazz estadounidense, quien se destacó por un gran virtuosismo, pasión desenfrenada y capacidad de innovación, cualidades en común con Augusto, compartidas en silencio. Su familia, sus amigos más cercanos y colegas, tienen la firme convicción de que Agus, como muchos lo llamaban, era un músico virtuoso, capaz de hacer atractivos arreglos con su bajo que aportaran a la estructura musical de su banda una importante dosis de creatividad.
Hoy, casi un mes después de su partida, yo sonrío en silencio. Sonrío porque como dice uno de sus amigos más cercanos: “Augusto está vivo y nosotros estamos muertos”. No es la muerte el final de la vida de los verdaderos artistas, más bien, la muerte empieza a dibujar un camino distinto. Un camino en donde importa la música y la vida que ella trae, después de la muerte.
Es curioso cómo al morir un músico sus fans empiezan a construir frases de duelo enmarcadas por un inicio, que a mi juicio, condeno: “se me murió…” “se nos murió…” “se nos fue…”. Ningún artista se nos va, nadie nos pertenece, y mucho menos los músicos. Ellos son de la vida, de la muerte, de sus melodías. Son de la sangre que derraman sus dedos con algunos acordes, del elegante soplo de un saxofón, del solo acoplado de una guitarra estridente. Nosotros somos testigos y amantes de la persona detrás del músico y admiradores de su valiente arte. Pero los músicos no nos pertenecen en ninguna dimensión, bajo ninguna perspectiva. Ellos pertenecen a su propia y tan luchada libertad.
Un par de conversaciones me quedaron pendientes con Augusto. Él me dijo hace unos meses: “Mary, estoy estudiando un tema de derechos de autor, para ajá, ya tu sabes, mirar cómo es la vuelta…”. Esa conversación la tendremos, algún día.
La última vez que lo vi fue el 27 de noviembre de 2010 en Hard Rock Café. Esperé casi dos horas, pero quería ver a Subterfugio tocar, hace mucho rato no lo hacía. Mi paciencia es fácilmente agotable, a menos que se trate de la música. Gracias, Andrés, por insistirme en que esperara esa noche para ver a Augusto tocar por última vez, con su banda, con sus músicos, con sus amigos, con su amor.
-“¿Por qué llegaron tan tarde Agus, qué estaban tomando?”, le pregunté.
-“Nada Mary, yo siempre ando con juicio, con juicio.”
Sonreí, di media vuelta y bajé las escaleras sin saber que nunca más volvería a verlo, sólo hasta que la muerte y la música me inviten a reencontrarme con él.
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