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Por: Juan Camilo Ardila Durante (Twitter: juanardila87)

Daniel Alarcón dice que su lengua materna es el español. Nació en Lima en 1977, época de muchos miedos en casi toda Latinoamérica. Sus padres lo llevaron a vivir muy temprano a Alabama, Estados Unidos, en donde logró convertirse en un gringo más. Daniel Alarcón escribe en inglés.

En medio de ese bilingüismo permanente, como él mismo dice que vive, ha logrado acomodarse en la legión de los mejores escritores de Latinoamérica. Es más: está en la selección de Bogotá 39 de los mejores literatos de esta región del mundo menores de 40 años. Y si no bastara con eso, también figuró en el 2010 en la revista americana The New Yorker como uno de los 20 mejores autores de ficción menores de 40 años en el mundo.

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Por: Laura Ardila Arrieta | Elespectador.com

La vida del Hijo Mayor de Cartagena, que ha puesto a bailar a tres generaciones en el país y en el mundo, es mucho más que los excesos y desórdenes que ha protagonizado. Perfil de un genio del Caribe.

 

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“Las esquinas son.. son.. son.. iguales en todos laos, en Panamá o en Borinquén sirven para estar parao, encuentra el poste de luz y el eterno zafacón y el mismo bonche de siempre afincando un vacilón.. Las esquinas son son son…iguales en todos laos”.


-          ¡Ahí sonaba Ismael Miranda con su sabrosa salsaaaa Las esquinas son..!, resuena la voz de un locutor en un viejo radio en una tienda esquinera del barrio Getsemaní.

No sólo en la Isla del Encanto ni en la tierra de Rubén Blades las esquinas son iguales. En Cartagena las esquinas son los directorios públicos de la ciudad, el lugar donde se pasea el chisme al lado de una cerveza, el segundo hogar de las tardes de dominó, el espacio donde conseguir desde $500 pesos de queso hasta un piropo. En la tienda se ahogan las penas y se hornean las azucaradas galletas polvorosas acompañadas con Kola Román. En esas esquinas musicales pasa la ciudad y con ella también se retratan hechos o situaciones. Aquí las esquinas son puntos de encuentro, son propiedad de hombres reencarnados en personajes míticos como el “Che” Guevara, de paisas emprendedores o simplemente de familias enteras que las bautizan con nombres como “La Mano de Dios”, “Doña Inés“ o “El Trébol”, para convertirlas en afamadas tiendas populares y patrimonios de barrio.

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Tienda El Costeño – El Socorro

“Sin salir de la tienda yo me enteraba de todo lo que pasaba en el barrio, de la vida de Sutano, qué hacía Fulana y con quién. Yo me actualizaba con los chismes de las que llegaban a comprar a la tienda”, Inelda Meza de Cancio, ex propietaria de la tienda El Costeño. 

Tomando la ruta de una buseta de Socorro, a la altura del campo de softball, existe en la esquina el famoso puesto de comidas rápidas “La Poison”. Allí Inelda Meza de Cancio llegó con su esposo y sus hijos después de 10 años de tener “El Costeño” en Olaya Herrera.

-Llegamos al Socorro el 6 de febrero de 1975 y nos convertimos en la primera tienda de este sector, dice recordando con exactitud la fecha en que aún en El Socorro se construían casas de dos pisos en lotes que se vendían por treinta mil pesos.

En ese entonces Inelda repartía el tiempo entre hacer los teteros de sus hijos y atender la tienda.

Se levantaba desde las cuatro de la madrugada preparaba el desayuno, mientras su esposo iba al Mercado de Bazurto a traer el surtido.

-Yo abría a las seis de la mañana y me gustaba atender a mis clientes. Si era muy tempranito les ofrecía un tintico y si eran fechas especiales les preparaba rifas, anchetas, canastas de comida, hasta dulces se le daban a los pelaos.

Doña Inelda asegura que el viejo refrán “el que tiene tienda que la atienda” era una filosofía para ella aunque significara vivir esclavizada.

-Yo salía estrictamente a lo necesario, si tenía que llevar a mis hijos al médico o hacer diligencias importantes, de lo contrario, no me gustaba dejar la tienda sola y si salía sentía que la persona a la que se la dejaba no iba a atender como yo. Que la gente no iba a quedar contenta con lo que le despacharan y me iban a poner las quejas cuando viniera.

Inelda ya no se tropieza con bultos de papa, ni con cajas de tomates. Ahora se tropieza con los juguetes que sus nietos dejan en el suelo. Le da nostalgia recordar los días de movimiento de la tienda, cuando ella embarazada y con un hijo agarrada de la mano cambiaba billetes o despachaba desde el mostrador. Ahora a sus 69 años es una apacible abuela que se dedica a regar sus plantas y a dormir a los pequeños de la casa en su mecedora.

La familia Cancio, como muchos de los habitantes del barrio los recuerdan, se hicieron carniceros y panaderos en el mismo local de la tienda. Amasando harina, descuartizando reses y pesando kilos de verduras construyeron su pequeño patrimonio familiar a través del comercio.

-La tienda permitió que muchos de mis hijos tuvieran sus propios negocios, A los 16 años fundaron ‘La Poison’ que hasta ahora sigue funcionando Y cuando nos cansamos de la tienda, la vendimos en el 87 y dos de ellos la remodelaron convirtiéndola en un autoservicio, le colocaron ventanas corredizas y otras cosas que yo no tenía. Pero, ¡qué va!, no aguantaron el trote de la tienda y la vendieron dos años después.

 

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El aguante de tener una tienda lo conoce bien José Edelio Valencia Galeano, quien hace 19 años procedente del Peñol Antioquia compró una tienda de la cual lo único que no le gusta es el nombre.

Tienda Torices Impala – Barrio Torices

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“El éxito de una tienda no está en el nombre, ni en el punto donde se encuentre sino en la administración. Hay gente que se cansa rápido con la tienda. Para tener un negocio de estos, hay que tener paciencia y perseverancia para aguantar el trote”. José Edelio Valencia Galeano propietario Tienda Torices Impala 

Siendo un muchacho de 25 años, José Edelio ni se imaginó que cargaría con la herencia de un nombre que para el barrio Torices de Cartagena representa más de 19 años de tradición. Llegó al barrio Manga a quedarse en la ciudad un tiempo, mientras trabajaba como empleado de una tienda llamada ‘El Paisa” que quedaba en el cuarto callejón.

-Yo aprendí en esa tienda, el manejo y la práctica, eso me sirvió como una visión y me había quedado sonando la idea de tener un negocio.

Se devolvió para su tierra y cuando regresó en 1993 un señor que lo conocía desde que era un muchacho, por intermedio de un amigo se enteró que él quería comprar una. “El señor Alberto Gil supo que yo quería montar una tienda, entonces él me llamó, a mi me gustó y se la compré por tres millones y medio con una plata que yo tenía y otra parte que me había colaborado mi papá. Era una tienda pequeñita pero la tenia bien surtida de todo un poquito carne, pollo, queso, aspirinetas”

A José Edelio se le siente el acento paisa cuando habla muy rápido. Así como habla, despacha.

-Lo que más le gusta a la gente es la rapidez y la amabilidad con lo que uno los atiende. La gente muchas veces no se fija tanto en los precios. Trato en lo posible de atender lo más rápido que pueda, no puedo ponerme a hablar con nadie: primero es el cliente.

El rocoso paisaje de El Peñol lo tiene tatuado en una de las neveras, lo hace con el ánimo de no olvidarse que en este sol del Caribe y esta calle polvorienta su tierra está cada vez más cerca. En el letrero de “Torices Impala” ya se cuelan los estragos del tiempo y la humedad, lo que hace juego con las casas coloniales que están cerca del local.

-El nombre de la tienda se lo colocó un señor que era santandereano. Cuando fui a la Cámara de Comercio intenté cambiarlo, pero no se pudo, sinceramente el nombre no me gusta en vez de Torices Impala, me hubiera gustado ponerle “Las Vegas”.

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Las noches y los fines de semana “Torices Impala” sintoniza una emisora del dial Fm y empieza a vender cerveza y licor. Son los días en los que se produce más dinero, pero también se sacrifica los espacios para descansar y compartir con la familia.

-Lo malo de ser tendero son los horarios tan largos, se trabaja muchas horas. Para no sacrificar la vida personal y poder salir con mi hija y mi mujer a veces tiene uno que aceptar dejarle la tienda a alguien.

 

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Quien nunca se quedaba encerrado en su tienda y aprovechaba su platica para compartirla más que con sus amigos los clientes, era Julio Hernández, un sincelejano con sangre de tendero que teniendo una “despensa” encontró a su esposa y construyeron juntos su casa al lado de un árbol de trébol.

Tienda El Trébol –Manga

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“Los días de semana la tienda era de las amas de casa pá comprar la comida. Pero los fines de semana, especialmente los domingos, la tienda era de los hombres cuando venían a tomarse sus cervecitas”. Don Julio Hernández, fundador de la tienda El Trébol. 

En una casa de tabla con un largo mostrador de concreto, centenares de frascos de vidrio donde quedaban al descubierto las galletas y las conservitas que se vendían a diario. Entre canastas de gaseosa y una vitrina de panes donde las estrellas eran las mogollas y los pastelitos, Don Julio Hernández y su esposa Enith Gómez hicieron de El Trébol en Manga un punto de referencia conocido hasta en los Estados Unidos.

-Yo comencé a ser tendero en Sincelejo en el municipio de San Carlos con una tienda que se llamaba “La Despensa”. Allá la conocí cuando ella era la Secretaria de la Alcaldía de Sincelejo y le propuse matrimonio. Me acuerdo que le dije: “lo que yo sé hacer es ser tendero”, pero ella aceptó y nos casamos. Desde ese momento ella empezó a manejar el negocio de la tienda, le gustó tanto que aprendió el arte de la panadería”.

aaviejotrebolEn esa época la mayoría de los dueños de tiendas en Cartagena emigraban de los pueblos cercanos de Bolívar. Don julio visionó su futuro al llegar a la ciudad en 1951 y abrió una tienda- panadería en la Calle de la Mantilla en el centro que no tenia nombre. Un día un amigo suyo lo invitó a conocer el barrio de Manga y llegó a la agitada esquina conocida como El Trébol:

-Vendí en el centro y pagando 30 pesos de arriendo me vine para Manga. Era un sector de movimiento, la tienda que más tenia surtido. No existían los dos pisos que se ven ahora. Era un amplio tendal. Cuando llegué aquí yo encontré el nombre ya puesto. Mucha gente dice que había un palo de trébol. No lo sé. Lo que sí recuerdo es que la dueña de todo el lote era una señora llamada María Morales de Jimeno.

Doña Enith y Don Julio hicieron el equipo perfecto para poner a producir la tienda, mientras ella atendía, él iba al mercado a cargarse de mercancía para surtir el Trébol. A Doña Enith le gustó la idea de seguir con la panadería, al principio eran contratos pequeños pero luego se levantaban desde las dos de la mañana para hacer el recorrido por la ciudad y distribuir más de siete mil panes calientes cada mañana. “Nosotros le repartíamos a la Salle, los ancianatos, al Bienestar Familiar, a la Cárcel Distrital, llegué a tener cinco carros de pan para hacer la entrega”

Un pan costaba hace más de treinta años $10 centavos pero Don Julio asegura que eso no era lo más importante: “No era el precio del pan, era el compromiso que ya teníamos con la ciudad. Por eso ese trabajo era continuo: comenzaba desde el sábado hasta el domingo, luego se rotaba el personal que hacía los panes. Si alguno de los panaderos faltaba, mi esposa se ponía al frente a hacer lo que hiciera falta”.

Una tradición de más de 40 años que lo persiguió hasta el norte de América, hizo que alguien no lo reconociera por su nombre, sino por el de su negocio:

-Una vez viajé a Nueva York, cuando llegué al aeropuerto, empiezo a escuchar: ¡Oye Tréeebol! Yo no podía creer que era conmigo, pero fue alguien que vivió por aquí y estaba allá y como no se sabía mi nombre me llamó con el nombre de la tienda.

En la sala de su casa Don Julio Hernández exhibe dos tesoros: un retrato que un buen vecino suyo le regaló de su tienda y una foto ampliada con su compañera de vida quien falleció hace quince años. Hoy está al cuidado de sus hijas, le cuesta quedarse quieto en un mismo lugar a pesar de su edad, por eso a veces se escapa a su pequeña finca a ver a sus animales y su parcela. Allá pasa los días bajo la sombra de los árboles que alguna vez le evocaron sus años en El Trébol.

El Trébol es una de las tiendas más tradicionales de la ciudad. Actualmente se encuentran registradas en la Cámara de Comercio unas 2,500, sin embargo según UNDETCO (Unión de tenderos y comerciantes) pueden existir alrededor de 5.000 en Cartagena y la mayoría de ellas con dueños procedentes de Antioquia.

 

 

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A los 19 años desde San Vicente, Antioquia un comandante paisa empezó sus expediciones por las esquinas de los barrios Olaya, Boston, La Candelaria, Siete de Agosto, Fredonia hasta llegar al Centro de la ciudad. Si lo llaman Agustín Orozco, no lo conoce nadie, pero si le gritan ¡Comandante Che! lo reconocerán al instante.

 

Tienda El che – Centro de Cartagena- barrio San Diego

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“ Mi tienda es más un lugar para pasar el rato con mis amigos, los abarrotes que ves sólo los tengo de fachada, porque salen muy poquito, lo que más vendo es cerveza y lo que más coloco es salsa”. Agustín Orozco – Propietario Tienda El Che 

Ernesto “El Che” Guevara, revolucionario comandante argentino y expedicionario de las Américas vive en Cartagena como tendero en el barrio San Diego, pero éste en vez de ser médico, es botánico. Ni tampoco pertenece a la izquierda ni a ninguna corriente política. Y en vez de beber ron habanero, lo que toma es cerveza en las tardes escuchando salsa.

Hace 28 años Agustín Orozco se dejó crecer la barba, el cabello y empezó a mandarse a hacer las boinas por el semejante parecido con el revolucionario argentino.

-Desde hace 20 años me pusieron el nombre, por la fisonomía, la barba, el cabello, la chivera, por la movida. Yo a cada rato me quito la barba, hace cuatro años me la rasuré, y me lleva otros cuatro para que crezca. Yo siempre me la tinturo y me la repico para que esté siempre negrita.

aaelcheLa primera tienda que tuvo en el Centro fue en el 92 en la calle de la Carbonera, allí estuvo por siete años y en ese mismo lugar comenzaría la transformación de Agustín al “Che”.

-Luego que cierro la tienda en la Carbonera, los mismos vecinos y amigos me avisaron de un local. Vine, lo miré y me gustó, y como todos por ahí me llamaban Che, decidí acuñarle el mismo nombre al negocio.

El ideólogo Guevara en el año 1953 empezó su travesía por Perú, Ecuador, Venezuela y Guatemala, Agustín hace dos años estuvo en Venezuela visitando a un hermano y allí fue tratado como todo un famoso:

-Desde que llegué esos fueron fotos por todas partes, con extranjeros, en el teleférico, en la calle. Una vez salí a pasear con mi hermano y alguien me saludó: “¡Hola! ¿Cómo está?” Mi hermano pensaba que era con él, al rato la persona grita; “¡Comandante Che, ¿cómo está? ¡Qué gusto verlo!” Mi hermano se preguntaba cómo va hacer contigo si tú acabas de llegar. Se ríe al contar la anécdota.

“El Che” abre desde las siete de la mañana. Ya no recuerda el momento en que cambió las rancheras de Vicente Fernández por las descargas del Gran Combo.

-La mayoría de la gente que frecuenta mi sitio son señores de edad, que vienen y me dicen: “Viejo Che, colócate este disquito”. O a veces me lo dejan acá en el local. Por lo general es salsa y bolero. Yo aquí llego a poner champeta o vallenato y me insultan.

“El “Che” espera los fines de semana para recibir el doble de clientes que lo visitan de lunes a viernes. En su local aprovecha el tiempo libre para experimentar y leer sobre plantas. Nunca se ha documentado sobre la vida y obra del Che Guevara, pero dice que el vestirse como él le ha hecho conseguir más huestes para su partido político: la amistad.

 

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Las tiendas de esquina en Cartagena se convierten en los patrimonios de los habitantes de los barrios populares. Según Jhon Freddy Herrera, presidente de UNDETCO (unión de tenderos y comerciantes), la tienda además de brindar un servicio a la comunidad, se convierte en un punto de encuentro donde la esquina representa el movimiento y la garantía del flujo de la gente. Pero afirma que la figura del tendero genera lazos más allá de lo comercial

-En la tienda uno tiene que ser psicólogo, consejero, contador, administrador. Pero lo más importante es atender bien a la gente, tener carisma para servir. Tener en su negocio de todo un poquito, ahora las tiendas son un poquito de miscelánea, panadería, heladería y hasta de ferretería.

Desde UNDETCO se ayuda al gremio de tenderos en capacitaciones en atención al cliente, marketing, emprendimiento, recreación y cultura entre otros cursos. Hace dos años el BID (Banco Interamericano de Desarrollo), por intermedio de la Cámara de Comercio de Cartagena, invirtió en el gremio $500 millones de pesos en un proyecto de desarrollo empresarial, lo que garantiza una mejor calidad de vida para las personas que trabajan en esta industria comercial.

Mientras tanto, en los barrios se entretejen mil historias de personajes que van y vienen buscando una esquina para quedarse. Ya pocos son los costeños. El negocio de la tienda lo dominan ahora los paisas. Lo cierto es que cada uno escribe una historia, sea de amor, emprendimiento, progreso, amistad o nostalgia. La tienda, ya sea por los vales de Marlboro, los $500 pesos de queso, los panes de dulce o la Kola Román, nunca desaparecerá.

 


Esta nota fue escrita por Malka Irina Nieto Periñan (Twitter: MalkahSheli). Las fotos fueron tomadas por Yury Martínez.

 

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afesticinekidsEl Festicinekids Cartagena 2011 está convocando al Concurso de Afiche en su 13º versión. Puede participar cualquier niño o joven nacido en el territorio colombiano entre 6 y 15 años (cumplidos antes de la fecha de cierre de la recepción de trabajos). Existen dos categorías: 6 a 10 años y de 11 a 15 años.

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reinadoconvivenciaLa fila recorría de lado y lado los andenes de la calle del sector de San Diego, mujeres con pancartas y tapas de ollas se alistaban para animar el espectáculo, las abuelas armadas con botellones de agua y gaseosa para amortiguar el calor; los niños jugando con otros pequeños que venían de muy lejos a esperar a que dieran la orden de entrada. Uno de los pequeños escondido detrás de la falda colorida de su abuela, yace inquieto del calor y le pregunta a la señora:

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